Me sorprendo a mi mismo pensando en el politeismo.
Como expliqué en el post anterior sobre la película de Nanni Moretti, sufro una gran incomodidad al hablar de temas de la iglesia. Las estructuras eclesiásticas son como un bosque de espinas en el que prefiero no adentrarme. Cada vez que lo hago salgo lleno de rasguños y enojos, y la gente en general queda enojada conmigo porque digo cosas que ofenden sus convicciones de fe y doctrina.
Así, cuando las personas hablan de obispos y cardenales, sobre la misa del domingo y sobre los milagros y los santos, yo guardo un piadoso silencio. A veces me preguntan la opinión, y, acorralado, empiezo a darla, envolviéndome en un discurso que es tan lejano de la fe católica que tengo que empezar a justificar cada una de mis afirmaciones y termino despotricando en el límite de la descalificación a la iglesia y a sus ministros y defensores. De verdad creo que no vale la pena.
No es que crea que no hay más que materia en este mundo. Yo, como todas las personas, siento que hay una dimensión en nuestra forma de mirar el universo que va más allá de la inmediatez de lo tangible. Pienso en los conceptos platónicos de las ideas, perfectas, absolutas, universales. Pienso también en la naturaleza, como origen último de todos nosotros, desde nuestra composición química, pasando por nuestra subsistencia física (alimentación, respiración, etc.) hasta nuestro retorno final al ciclo y reciclo de materiales orgánicos.
Hay en esta visión un sentido profundo de pertenencia a la tierra, no a la tierra donde uno nació, que tiene asociados sistemas de fidelidad nacionalista, que son un cuento completamente distinto. La tierra además entendida no simplemente como el planeta donde estamos parados, sino como una entidad que es anterior a nosotros, independiente, en cierta medida superior y más trascendente que nosotros humanos.
Cierto, hay en esta explicación un riesgo enorme de caer en las frases comunes, en la tibieza del reduccionismo cultural, en el discurso fácil de una hermandad universal, paz eterna entre los hijos de la tierra. Lo pienso y se me revuelven las entrañas en ataques de asco e indignación.
Entonces pienso que esta idea de trascendencia a través de la naturaleza podría ir más allá, pensarse desde otro ángulo.
Este nuevo ángulo podría ser este: avancemos hacia la superación de los discursos religiosos (que no explican nada más que a sí mismos) y hacia el retorno hacia una sacralización de nuestros orígenes.
¿Por qué es sagrado el mundo y su equilibrio natural? porque es de donde venimos, es a lo que pertenecemos. Hay un impulso suicida en todos nosotros al momento de violar ese equilibrio, o en los actos con los que contribuimos a violar ese equilibrio. Yo digo que el primer paso hacia una mayor libertad individual pasa por una mayor preocupación por cultivar la relación con la naturaleza, por ponerla en el centro de las prioridades. Porque somos parte de Ella, porque Ella es nuestro origen y nuestro futuro. Porque nunca hemos salido de Ella, no podemos estar fuera de Ella, sin ella no podemos entendernos a nosotros mismos, sin Ella no podemos ser felices. Conocernos a nosotros mismos pasa por conocerla a Ella y por conocer nuestra relación con Ella.
Incluso desde una realidad urbana como la que vive la mayoría del planeta. Es una ilusión pensar que volveremos a vivir una vida en que podremos hundir nuestros dedos en la tierra fértil que nos da de comer. La vida que nos tocó vivir es sobre el cemento y nuestra relación con la diosa Gea es cada vez más mediatizada, por la distancia de las carreteras, por la representación en las pantallas qeu nos rodean, en la cotidianeidad que llena nuestras horas. Pero esto no elimina nuestra necesidad de acercarnos a nuestra naturaleza. Al contrario, la hace más urgente.
Me he desviado levemente del tema del politeismo, que retomaré más adelante en otro post.
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