Noticias preocupantes desde Italia. Aumentan los signos de una violencia latente y que se expande por la sociedad espontáneamente. Como si en todas partes se leyeran al mismo tiempo, y sin conexión entre sí, los signos de un tiempo que empuja a cometer actos de violencia, vandalismo y canalla.
Yo siempre me he opuesto al alarmismo. Como los que decían que en Chile volvía a producirse el escenario de confrontación que llevó al golpe de 1973. Todo falso. Todo explicable más por el miedo de quien lo decía que por una realidad social y política que dieran signos verificables de preocupación. Los años pasan y en Chile el enfrentamiento político es normal, con total respeto de las leyes e instituciones. Impensable un nuevo quiebre de las reglas del juego democrático.
Ojalá se pudiera decir lo mismo de Italia.
En pocos días, algunos casos apuntan a una red de personas y organizaciones informales que están manifestando su violencia de forma cada vez más patente. Un sobre con una bala dirigida al Alcalde de Roma. Un jefe de la mafia asesinado en Palermo con ritos de vieja usanza. Un líder de una organización social al que le disparan a las piernas desde una moto en movimiento. Revueltas sociales de estudiantes, que terminan con barricadas y la paralización de la ciudad. Cartas - bombas de asociaciones autocalificadas de "anarquistas", dirigidas a embajadas y a cuarteles del ejército.
Es un cuadro que incluso para un país como Italia, con un pasado de terrorismo aún en la memoria de la población, resulta inquietante y apunta a que algo está cambiando en los subterráneos de la sociedad.
Las causas de esto seguramente son muchas y complejas.
Yo quisiera sólo apuntar a una, que me parece la más evidente: la transformación de los grupos de representación política en castas alejadas de la población. Incapaces, por lo tanto, de ser verdaderos representantes de la sociedad. Que como consecuencia, deja de creer en los políticos y en las instituciones que ellos ocupan.
En estos días el Parlamento italiano está paralizado en el empeño del gobierno de aprobar leyes que permiten al Jefe del Gobierno (el celebérrimo Silvio Berlusconi) librarse de las acusaciones en su contra en los Tribunales. Se dispersan en el aire así los procesos en su contra por fraude fiscal, corrupción de testimonio, prostitución de menores, entre otros.
Vale la pena decir que Berlusconi no es un bruto pillín que de buenas a primeras cancela los procesos. Lo hace con un gran arte, con gran sutileza. Por ejemplo. No hace que el Parlamento apruebe una ley específica sobre sus procesos. En vez de ello, propone una ley que acorta los períodos de prescripción de algunos delitos para los acusados que no han sido previamente condenados. Ahora, que la ley se aplique a los procesos que lo afectan, es sólo una coincidencia... él por su parte declara que estas normas no las hace para él mismo, sino para todos los italianos que son víctimas de las persecuciones de los jueces.
Es un giro en el aire que lo hace un maestro del transformismo y de la realidad paralela.
Sin embargo, en las calles, se respira un ambiente de cansancio y de insatisfacción. Porque el problema no es sólo Berlusconi. Es también todo el sistema político que está fundado en una pseudo-democracia, en la que el votante no tiene realmente el poder que dice la teoría, o bien lo ejerce sólo cuando la clase política se lo permite.
Y esto, bajo ciertas condiciones. Porque de acuerdo a la ley electoral italiana los candidatos no los votan los ciudadanos, sino que los eligen los partidos políticos, en listas cerradas que se definen entre cuatro paredes y respondiendo a presiones de grupos fácticos o bien seleccionando a candidatos que no son otra cosa que yes-men, oportunistas de última hora que están dispuestos a votar todo lo que les digan las cúpulas en el Parlamento y gozar tranquilamente del sueldo (no menor) de congresista y todos los beneficios (no menores) que lo acompañan.
Entretanto, en la sociedad, las familias siguen viviendo sus vidas, pagando los impuestos que financian los partidos, enviando a los hijos a la escuela, trabajando horas interminables y sufriendo las ineficiencias del transporte público. Con una carestía de la vida que los obliga a empinarse cada vez con mayor esfuerzo para llegar dignamente a fin de mes. Y recomenzar.
Este es un ambiente en donde la política no ofrece soluciones ni esperanza, sino sólo un espectáculo triste donde un ejército de políticos mediocres no son capaces de detener el populismo de unos pocos buscones, intrépidos facilistas, astutos malabaristas, encantadores de serpientes, mamones malcriados, fanfarrones sin ética ni capacidad de desprenderse de sus propias pasiones para comprender la realidad.
En este panorama desolador, no es extraño que se comiencen a leer en los díarios cómo la insatisfacción se lleve a la calle, a atentar contra las instituciones desprestigiadas por sus propios vicios. No es una justificación. Es una explicación, una prueba más de que la violencia no es una reacción irracional, espontánea e inexplicable. Y que por lo tanto se puede evitar, combatir. Eliminar.
Y esto es lo más terrible de todo: no es necesario que la mayoría de la sociedad adopte esta actitud de ruptura. Bastan unos pocos. Basta con que un puñado de personas con capacidad de liderazgo asuman un rol activo en el ataque a las instituciones, para generar un cuadro de inestabilidad. Porque el resto de la sociedad quiere ser representada, no quiere salir a la calle. Mucho menos para defender un Estado que se saquea todos los días, donde se despojan los tesoros y donde el bufón se sienta en el trono real, calzándose la corona mientras cuenta chistes y castiga con macabra inmisericordia a los que no se ríen, o a los que no secundan sus payasadas.
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