Esta es una historia de segregación étnica en Italia. En mi contra.
Yo debería comenzar diciendo que yo soy hijo de italiano. Por lo tanto desde un punto de vista legal soy también ciudadano italiano. Y agrego también que desde un punto de vista de la apariencia física, me puedo mimetizar fácilmente en el fenotipo local.
Por lo tanto, las diferencias se notan cuando hablo mi italiano con acento español y se comprende de inmediato que no crecí en Italia, que para mi el italiano es una lengua adquirida.
Este es mi único "pecado de origen". En general no hay ningún problema y el trato hacia uno como yo en Italia es cortés y hasta de una amable curiosidad.
Lo que contaré aquí no es para generalizar una visión de Italia como un país de racistas, porque sería injusto. Basta decir con que hay unos pocos que sí lo son y que a través del ejercicio de su trabajo o de su posición social ponen en evidencia la profunda ignorancia y los prejuicios que lamentablemente alimentan la segregaciòn cultural y racial.
Ocurrió que yo había decidido reiniciar mi actividad fìsica y entrenamiento, luego de un par de meses sin correr, uno de mis pasatiempos favoritos.
Fui a un gimnasio en la zona de Parioli en Roma. Me quedaba a la mano desde la oficina, y naturalmente me imaginé que podía ir durante la hora de almuerzo.
Llegué un día a averiguar y preguntar precios. El gimnasio está muy bien presentado, con salas de máquinas impecables, con muchas trotadoras y con equipamiento que se notaba nuevo. Los pasillos parecían los de un hotel, y por supuesto no faltaban las zonas de "belleza", sauna, hidromasaje, etc., que yo nunca he ocupado.
Al ingreso ocurre algo muy común en este tipo de lugares. La inscripción se hace con una joven que de gimnasios sabe muy poco pero que logra explicar precios y términos de la membresía sin equivocarse demasiado. Un discurso aprendido y del cual ella no tiene ninguna responsabilidad ni mérito.
Esta niña, que si no mal recuerdo tenía el romanísimo nombre Francesca, me explicó todo amablemente. Yo le dije que estaba interesado y le pregunté qué necesitaba para inscribirme, además del pago que ya estaba claro en sus montos y plazos. Me dijo lo evidente: documento de identificación y un certificado médico. Es decir, el estándar en Italia.
Hasta aquí todo muy razonable y normal.
Al día siguiente, volví con mi tarjeta de identificación que da oficialmente el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia. Y por si acaso, como intuyendo que podría haber problemas, también con mi pasaporte diplomático.
Francesca miró ambos documentos, extrañada. Claramente era la primera vez que veía documentos de este tipo, y no supo qué hacer. Lo normal, claramente era recibir de los nuevos inscritos la tarjeta de identificación oficial italiana, que paradojalmente es simplemente un cartón con una foto pegada (o corcheteada) y con la firma de un oscuro funcionario municipal. Algo así como la tarjeta de la biblioteca que me dieron cuando yo tenía 12 años en Chile. Mi pasaporte diplomático con su código de barras y fotografía digital no la impresionaron, o bien tal vez la asustaron como quien se asusta ante lo desconocido.
Pidió ayuda. Yo esperaba pacientemente sentado frente a ella. Tomó el teléfono y llamó a alguien. Pocos momentos después apareció otra mujer casi tan joven como Francesca (pero cuyo nombre no recuerdo) y empezó a hurguetear en el computador de la desafortunada Francesca, como tratando -intuì- de buscar una categoría donde meterme. El hecho de no ser italiano me equiparaba a un marciano. Para estos efectos no habìa ninguna diferencia.
Luego de un diálogo que traté de no seguir ni de entender entre ambas, la recién llegada me preguntó si yo no era italiano. Como si no fuera obvio. O como si fuera un defecto. Como quien pregunta: "pero tú de verdad tienes una pierna 30 centimetros más corta que la otra?".
- No, no soy italiano. - respondí sin ninguna expresión. Y sin sentir la necesidad de explicar nada.
En la cara de ella, la sin nombre, vi una expresión como de triunfo, como si mi admisión de no ser italiano le diera a ella un poder sobre mi. Sin pensarlo mucho, y clavándome una mirada agresiva, me disparó las siguientes palabras:
- Tu permiso de residencia?
El repentino tuteo me golpeó un poco. Más aún en esa fórmula de pregunta-exigencia, que además me pedía algo que yo no tenía, ni me correspondía tener. Por el hecho de ser diplomático acreditado en Italia, no me corresponde un permiso de residencia, pero ella no lo sabía. Y hacía ostentación de si ignorancia.
De todas maneras traté de explicárselo. Ambas me miraron como a través de un vidrio doble, esos que aislan el sonido. Era como hablarle a una foto. Una foto de dos personas sin oídos, que me miraban pero que en realidad miraban a través mio, hacia un punto a mis espaldas, muy lejos, lejos de cualquier capacidad de comprensión.
La mujer sin nombre tomó el teléfono. Aparentemente hablaba con su jefe. Se llamaba Alessandro. Mientras hablaba asentía y miraba mi pasaporte, lo giraba como estudiándolo en su rareza, como si fuera el primer pasaporte que veía en su vida. Finalmente dijo "ok grazie ciao ciao", colgó y me dijo que "por ahora" le van a sacar una fotocopia al pasaporte, pero que necesitan otros documentos.
Yo ya estaba un poco molesto. Les pregunté qué otros documentos necesitan? Con la misma frialdad y sin titubear me dijo que necesitaban una declaración de ingresos y mis coordenadas bancarias. Naturalmente en su visión de las cosas el hecho de no ser italiano me transformaba en un potencial estafador, o bien en alguien naturalmente desprovisto de recursos. Y yo mentalmente agregaba, irónico: que para estafar a los incautos italianos va a inscribirse a un gimnasio para levantar pesas gratis.
Sin embargo, decidí llevar adelante el jueguito. Y al día siguiente volví con los documentos que me pedían. Que demostraban, que sin ser un millonario, yo estaba en condiciones holgadas para permitirme un gimnasio como este. Pensé que podría ser una carta para hacerlos a ellos darse cuenta del error de sus prejuicios.
Sin embargo no fue así. Días después me llamó la niña sin nombre, para decirme que los datos de mi banco no resultaban correctos (los imprimí directamente del computador, por lo que no había ninguna posibilidad de error), que no funcionaba la autorización del pago automático. Todo dicho mecánicamente, y con una velocidad de guión memorizado. Y remató diciendo que había hablado nuevamente Alessandro, y que lamentablemente no pueden aceptar el pasaporte como documento de identificación. Por qué? nunca me lo dijo.
Yo monté en cólera, y le dije lo que pensaba, o casi todo. Le dije que yo había estado en muchos gimnasios en el mundo, y que nunca había sido tratado así, que no podía ser que no supieran que los diplomáticos no tienen permiso de residencia, sobre todo en un área como Parioli, exclusivo barrio de Roma donde cada dos casas hay una Embajada.
Ella escuchó todo en silencio, y creí percibir algo de aburrimiento al otro lado de la linea. Al final me dijo algo mínimamente educado, como que no hay nada que yo pueda hacer, son indicaciones que me llegan desde "arriba", lo lamento mucho, etc.
Increible pero cierto.
Por cierto dos semanas después yo ya estaba inscrito en otro gimnasio, tan bueno como el otro, en la misma zona, donde me demoré una hora en tener una credencial, y de no ser porque estaba vestido de trabajo, habría empezado a levantar pesas de inmediato.
Debe haber alguna ley que explique entonces cómo el daño que hacen unos pocos afecta a una población entera. Entre los que deben sufrir la ignorancia de estas niñas sin nombre, de los Alessandro con vocación de capo fascista que hacen que luego personas como yo terminen con este filón de odio, y que controlamos por medio de darnos explicaciones, razonamientos optimistas, de que no todos son así, que de hecho la mayoría de los italianos no son así, todos motivos que nos sirven para no mandar al carajo a los que nos hacen pasar estos malos ratos, todas razones que sostenemos y que esperamos que sean ciertas.
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