sabato 23 aprile 2011

Politeista

Me sorprendo a mi mismo pensando en el politeismo.
Como expliqué en el post anterior sobre la película de Nanni Moretti, sufro una gran incomodidad al hablar de temas de la iglesia. Las estructuras eclesiásticas son como un bosque de espinas en el que prefiero no adentrarme. Cada vez que lo hago salgo lleno de rasguños y enojos, y la gente en general queda enojada conmigo porque digo cosas que ofenden sus convicciones de fe y doctrina.
Así, cuando las personas hablan de obispos y cardenales, sobre la misa del domingo y sobre los milagros y los santos, yo guardo un piadoso silencio. A veces me preguntan la opinión, y, acorralado, empiezo a darla, envolviéndome en un discurso que es tan lejano de la fe católica que tengo que empezar a justificar cada una de mis afirmaciones y termino despotricando en el límite de la descalificación a la iglesia y a sus ministros y defensores. De verdad creo que no vale la pena.
No es que crea que no hay más que materia en este mundo. Yo, como todas las personas, siento que hay una dimensión en nuestra forma de mirar el universo que va más allá de la inmediatez de lo tangible. Pienso en los conceptos platónicos de las ideas, perfectas, absolutas, universales. Pienso también en la naturaleza, como origen último de todos nosotros, desde nuestra composición química, pasando por nuestra subsistencia física (alimentación, respiración, etc.) hasta nuestro retorno final al ciclo y reciclo de materiales orgánicos.

Hay en esta visión un sentido profundo de pertenencia a la tierra, no a la tierra donde uno nació, que tiene asociados sistemas de fidelidad nacionalista, que son un cuento completamente distinto. La tierra además entendida no simplemente como el planeta donde estamos parados, sino como una entidad que es anterior a nosotros, independiente, en cierta medida superior y más trascendente que nosotros humanos.
Cierto, hay en esta explicación un riesgo enorme de caer en las frases comunes, en la tibieza del reduccionismo cultural, en el discurso fácil de una hermandad universal, paz eterna entre los hijos de la tierra. Lo pienso y se me revuelven las entrañas en ataques de asco e indignación.
Entonces pienso que esta idea de trascendencia a través de la naturaleza podría ir más allá, pensarse desde otro ángulo.
Este nuevo ángulo podría ser este: avancemos hacia la superación de los discursos religiosos (que no explican nada más que a sí mismos) y hacia el retorno hacia una sacralización de nuestros orígenes.
¿Por qué es sagrado el mundo y su equilibrio natural? porque es de donde venimos, es a lo que pertenecemos. Hay un impulso suicida en todos nosotros al momento de violar ese equilibrio, o en los actos con los que contribuimos a violar ese equilibrio. Yo digo que el primer paso hacia una mayor libertad individual pasa por una mayor preocupación por cultivar la relación con la naturaleza, por ponerla en el centro de las prioridades. Porque somos parte de Ella, porque Ella es nuestro origen y nuestro futuro. Porque nunca hemos salido de Ella, no podemos estar fuera de Ella, sin ella no podemos entendernos a nosotros mismos, sin Ella no podemos ser felices. Conocernos a nosotros mismos pasa por conocerla a Ella y por conocer nuestra relación con Ella.
Incluso desde una realidad urbana como la que vive la mayoría del planeta. Es una ilusión pensar que volveremos a vivir una vida en que podremos hundir nuestros dedos en la tierra fértil que nos da de comer. La vida que nos tocó vivir es sobre el cemento y nuestra relación con la diosa Gea es cada vez más mediatizada, por la distancia de las carreteras, por la representación en las pantallas qeu nos rodean, en la cotidianeidad que llena nuestras horas. Pero esto no elimina nuestra necesidad de acercarnos a nuestra naturaleza. Al contrario, la hace más urgente.
Me he desviado levemente del tema del politeismo, que retomaré más adelante en otro post.

lunedì 18 aprile 2011

Habemus Papam

Debería decir en primer lugar que la religión no es mi tema. O dicho de otra forma, no es uno de mis temas favoritos. Tengo una serie de consideraciones emocionales que me hacen ver con desconfianza las instituciones religiosas y en general todas las superestructuras que tienen (o se arrogan) un poder sobre la vida privada de las personas. Si esa superestructura es además un Estado, me parece una superestructura supersospechosa.

Hecha esta salvedad, paso a comentar la última película sobre Nanni Moretti. En pocas palabras, es una mala película sobre una excelente idea.

La idea es realmente interesante, las dudas de un Cardenal que no logra entrar en el rol de Pontífice, sus cuestionamientos internos, las angustias que provoca el verse el líder de una multitud que exige, que grita, que demanda, que agota.

Muy interesante me parece también la división entre el Papa hombre y el Papa Santo Padre. La humanidad y la santidad encerrada en un mismo cuerpo que vive, que suda y come, duerme, que sufre y que se medica. Que se cansa. Es un conflicto que reside sin duda en el fondo mismo de la humanidad que a fuerza de carne y hueso ha siempre pretendido ser espíritu y trascendencia. Es un conflicto por lo tanto que resuena fuertemente en todos nosotros.

Sin embargo la película se extravía en un bosque de escenas inconexas y de comedia a la italiana, donde lo que se busca es la sucesión de gags y de pequeñas historias, de escenas, de fotografías que sirven para inspirar a un escultor pero no para construir un discurso cinematográfico coherente.

Tal vez uno de los puntos más débiles de la narración de la película es el tratamiento que le da al grupo de cardenales, con quienes Nanni Moretti (director y que a la vez es el personaje del psiquiatra en la película) trata como a un curso de niños que visita el Vaticano. Hay un cierto infantilismo en los personajes cardenalicios, como si fueran pequeñas criaturas débiles y sin voluntad que se distraen jugando a las cartas y a juegos de pelota mientras se decide el futuro de la iglesia. Algunas escenas parecen mostrar al grupo de cardenales como un hogar de ancianos, olvidados de sus familias y con carencia de atención, de guía, de alguien que los escuche.

Hay en esto un olvido que la iglesia es una institución donde el poder político y social fluye con una fuerza atroz, y que los cardenales, lejos de ser semi-niños sin capacidad de iniciativa, son verdaderos príncipes que han llegado al lugar donde están creando redes de poder, y que son autoridades (espirituales y políticas) altaneras, seguras de sí mismas, despreciativas, y autoritarias, características que han sido totalmente ignoradas en la película.

Sería genial si la película fuera una comedia. A ratos lo parece.

Pero no lo es. "Habemus Papam" termina siendo un discurso truncado de una crisis espiritual no explicada, o bien no profundizada, sin ofrecer elementos de complejidad que debería acompañar el profundo conflicto entre carne y alma, entre vocación y poder, entre auto-estima y ambición. En la humanidad de lo divino y en la trascendencia de lo humano.

Y podría hacerse también con humor. El humor no es contradictorio con un discurso bien hecho sobre este complejo tema. Y de hecho lograr construir una narración que incorpore el humor armónicamente con la historia hubiera sido una empresa genial de Moretti.

Pero no lo logra. En una sala repleta de gente predispuesta a ver una joya del cine, quedé con la sensación de que la película estaba llena de escenas que debieron ser sacadas, o editadas, con ideas que parecían más una improvisación que producto de una planificación pensada y reposada. Al final, un collage de escenas que buscaban hacer reir de cosas banales, superpuestas como capas de una cebolla sobre un centro profundo y serio. Que sin embargo resulta ser pequeño, apenas esbozado, y más bien opacado por una hora y media de diálogos dispersos de personajes sin rumbo, sin dirección, en una película que es mucho cuerpo y poca alma.

venerdì 15 aprile 2011

Cómo nace la violencia

Noticias preocupantes desde Italia. Aumentan los signos de una violencia latente y que se expande por la sociedad espontáneamente. Como si en todas partes se leyeran al mismo tiempo, y sin conexión entre sí, los signos de un tiempo que empuja a cometer actos de violencia, vandalismo y canalla.
Yo siempre me he opuesto al alarmismo. Como los que decían que en Chile volvía a producirse el escenario de confrontación que llevó al golpe de 1973. Todo falso. Todo explicable más por el miedo de quien lo decía que por una realidad social y política que dieran signos verificables de preocupación. Los años pasan y en Chile el enfrentamiento político es normal, con total respeto de las leyes e instituciones. Impensable un nuevo quiebre de las reglas del juego democrático.
Ojalá se pudiera decir lo mismo de Italia.
En pocos días, algunos casos apuntan a una red de personas y organizaciones informales que están manifestando su violencia de forma cada vez más patente. Un sobre con una bala dirigida al Alcalde de Roma. Un jefe de la mafia asesinado en Palermo con ritos de vieja usanza. Un líder de una organización social al que le disparan a las piernas desde una moto en movimiento. Revueltas sociales de estudiantes, que terminan con barricadas y la paralización de la ciudad. Cartas - bombas de asociaciones autocalificadas de "anarquistas", dirigidas a embajadas y a cuarteles del ejército.
Es un cuadro que incluso para un país como Italia, con un pasado de terrorismo aún en la memoria de la población, resulta inquietante y apunta a que algo está cambiando en los subterráneos de la sociedad.
Las causas de esto seguramente son muchas y complejas.
Yo quisiera sólo apuntar a una, que me parece la más evidente: la transformación de los grupos de representación política en castas alejadas de la población. Incapaces, por lo tanto, de ser verdaderos representantes de la sociedad. Que como consecuencia, deja de creer en los políticos y en las instituciones que ellos ocupan.
En estos días el Parlamento italiano está paralizado en el empeño del gobierno de aprobar leyes que permiten al Jefe del Gobierno (el celebérrimo Silvio Berlusconi) librarse de las acusaciones en su contra en los Tribunales. Se dispersan en el aire así los procesos en su contra por fraude fiscal, corrupción de testimonio, prostitución de menores, entre otros.
Vale la pena decir que Berlusconi no es un bruto pillín que de buenas a primeras cancela los procesos. Lo hace con un gran arte, con gran sutileza. Por ejemplo. No hace que el Parlamento apruebe una ley específica sobre sus procesos. En vez de ello, propone una ley que acorta los períodos de prescripción de algunos delitos para los acusados que no han sido previamente condenados. Ahora, que la ley se aplique a los procesos que lo afectan, es sólo una coincidencia... él por su parte declara que estas normas no las hace para él mismo, sino para todos los italianos que son víctimas de las persecuciones de los jueces.
Es un giro en el aire que lo hace un maestro del transformismo y de la realidad paralela.
Sin embargo, en las calles, se respira un ambiente de cansancio y de insatisfacción. Porque el problema no es sólo Berlusconi. Es también todo el sistema político que está fundado en una pseudo-democracia, en la que el votante no tiene realmente el poder que dice la teoría, o bien lo ejerce sólo cuando la clase política se lo permite.
Y esto, bajo ciertas condiciones. Porque de acuerdo a la ley electoral italiana los candidatos no los votan los ciudadanos, sino que los eligen los partidos políticos, en listas cerradas que se definen entre cuatro paredes y respondiendo a presiones de grupos fácticos o bien seleccionando a candidatos que no son otra cosa que yes-men, oportunistas de última hora que están dispuestos a votar todo lo que les digan las cúpulas en el Parlamento y gozar tranquilamente del sueldo (no menor) de congresista y todos los beneficios (no menores) que lo acompañan.
Entretanto, en la sociedad, las familias siguen viviendo sus vidas, pagando los impuestos que financian los partidos, enviando a los hijos a la escuela, trabajando horas interminables y sufriendo las ineficiencias del transporte público. Con una carestía de la vida que los obliga a empinarse cada vez con mayor esfuerzo para llegar dignamente a fin de mes. Y recomenzar.
Este es un ambiente en donde la política no ofrece soluciones ni esperanza, sino sólo un espectáculo triste donde un ejército de políticos mediocres no son capaces de detener el populismo de unos pocos buscones, intrépidos facilistas, astutos malabaristas, encantadores de serpientes, mamones malcriados, fanfarrones sin ética ni capacidad de desprenderse de sus propias pasiones para comprender la realidad.
En este panorama desolador, no es extraño que se comiencen a leer en los díarios cómo la insatisfacción se lleve a la calle, a atentar contra las instituciones desprestigiadas por sus propios vicios. No es una justificación. Es una explicación, una prueba más de que la violencia no es una reacción irracional, espontánea e inexplicable. Y que por lo tanto se puede evitar, combatir. Eliminar.
Y esto es lo más terrible de todo: no es necesario que la mayoría de la sociedad adopte esta actitud de ruptura. Bastan unos pocos. Basta con que un puñado de personas con capacidad de liderazgo asuman un rol activo en el ataque a las instituciones, para generar un cuadro de inestabilidad. Porque el resto de la sociedad quiere ser representada, no quiere salir a la calle. Mucho menos para defender un Estado que se saquea todos los días, donde se despojan los tesoros y donde el bufón se sienta en el trono real, calzándose la corona mientras cuenta chistes y castiga con macabra inmisericordia a los que no se ríen, o a los que no secundan sus payasadas.

giovedì 7 aprile 2011

La Italia racista

Esta es una historia de segregación étnica en Italia. En mi contra.

Yo debería comenzar diciendo que yo soy hijo de italiano. Por lo tanto desde un punto de vista legal soy también ciudadano italiano. Y agrego también que desde un punto de vista de la apariencia física, me puedo mimetizar fácilmente en el fenotipo local.

Por lo tanto, las diferencias se notan cuando hablo mi italiano con acento español y se comprende de inmediato que no crecí en Italia, que para mi el italiano es una lengua adquirida.

Este es mi único "pecado de origen". En general no hay ningún problema y el trato hacia uno como yo en Italia es cortés y hasta de una amable curiosidad.

Lo que contaré aquí no es para generalizar una visión de Italia como un país de racistas, porque sería injusto. Basta decir con que hay unos pocos que sí lo son y que a través del ejercicio de su trabajo o de su posición social ponen en evidencia la profunda ignorancia y los prejuicios que lamentablemente alimentan la segregaciòn cultural y racial.

Ocurrió que yo había decidido reiniciar mi actividad fìsica y entrenamiento, luego de un par de meses sin correr, uno de mis pasatiempos favoritos.

Fui a un gimnasio en la zona de Parioli en Roma. Me quedaba a la mano desde la oficina, y naturalmente me imaginé que podía ir durante la hora de almuerzo.

Llegué un día a averiguar y preguntar precios. El gimnasio está muy bien presentado, con salas de máquinas impecables, con muchas trotadoras y con equipamiento que se notaba nuevo. Los pasillos parecían los de un hotel, y por supuesto no faltaban las zonas de "belleza", sauna, hidromasaje, etc., que yo nunca he ocupado.

Al ingreso ocurre algo muy común en este tipo de lugares. La inscripción se hace con una joven que de gimnasios sabe muy poco pero que logra explicar precios y términos de la membresía sin equivocarse demasiado. Un discurso aprendido y del cual ella no tiene ninguna responsabilidad ni mérito.

Esta niña, que si no mal recuerdo tenía el romanísimo nombre Francesca, me explicó todo amablemente. Yo le dije que estaba interesado y le pregunté qué necesitaba para inscribirme, además del pago que ya estaba claro en sus montos y plazos. Me dijo lo evidente: documento de identificación y un certificado médico. Es decir, el estándar en Italia.

Hasta aquí todo muy razonable y normal.

Al día siguiente, volví con mi tarjeta de identificación que da oficialmente el Ministerio de Relaciones Exteriores de Italia. Y por si acaso, como intuyendo que podría haber problemas, también con mi pasaporte diplomático.

Francesca miró ambos documentos, extrañada. Claramente era la primera vez que veía documentos de este tipo, y no supo qué hacer. Lo normal, claramente era recibir de los nuevos inscritos la tarjeta de identificación oficial italiana, que paradojalmente es simplemente un cartón con una foto pegada (o corcheteada) y con la firma de un oscuro funcionario municipal. Algo así como la tarjeta de la biblioteca que me dieron cuando yo tenía 12 años en Chile. Mi pasaporte diplomático con su código de barras y fotografía digital no la impresionaron, o bien tal vez la asustaron como quien se asusta ante lo desconocido.

Pidió ayuda. Yo esperaba pacientemente sentado frente a ella. Tomó el teléfono y llamó a alguien. Pocos momentos después apareció otra mujer casi tan joven como Francesca (pero cuyo nombre no recuerdo) y empezó a hurguetear en el computador de la desafortunada Francesca, como tratando -intuì- de buscar una categoría donde meterme. El hecho de no ser italiano me equiparaba a un marciano. Para estos efectos no habìa ninguna diferencia.

Luego de un diálogo que traté de no seguir ni de entender entre ambas, la recién llegada me preguntó si yo no era italiano. Como si no fuera obvio. O como si fuera un defecto. Como quien pregunta: "pero tú de verdad tienes una pierna 30 centimetros más corta que la otra?".

- No, no soy italiano. - respondí sin ninguna expresión. Y sin sentir la necesidad de explicar nada.

En la cara de ella, la sin nombre, vi una expresión como de triunfo, como si mi admisión de no ser italiano le diera a ella un poder sobre mi. Sin pensarlo mucho, y clavándome una mirada agresiva, me disparó las siguientes palabras:

- Tu permiso de residencia?

El repentino tuteo me golpeó un poco. Más aún en esa fórmula de pregunta-exigencia, que además me pedía algo que yo no tenía, ni me correspondía tener. Por el hecho de ser diplomático acreditado en Italia, no me corresponde un permiso de residencia, pero ella no lo sabía. Y hacía ostentación de si ignorancia.

De todas maneras traté de explicárselo. Ambas me miraron como a través de un vidrio doble, esos que aislan el sonido. Era como hablarle a una foto. Una foto de dos personas sin oídos, que me miraban pero que en realidad miraban a través mio, hacia un punto a mis espaldas, muy lejos, lejos de cualquier capacidad de comprensión.

La mujer sin nombre tomó el teléfono. Aparentemente hablaba con su jefe. Se llamaba Alessandro. Mientras hablaba asentía y miraba mi pasaporte, lo giraba como estudiándolo en su rareza, como si fuera el primer pasaporte que veía en su vida. Finalmente dijo "ok grazie ciao ciao", colgó y me dijo que "por ahora" le van a sacar una fotocopia al pasaporte, pero que necesitan otros documentos.

Yo ya estaba un poco molesto. Les pregunté qué otros documentos necesitan? Con la misma frialdad y sin titubear me dijo que necesitaban una declaración de ingresos y mis coordenadas bancarias. Naturalmente en su visión de las cosas el hecho de no ser italiano me transformaba en un potencial estafador, o bien en alguien naturalmente desprovisto de recursos. Y yo mentalmente agregaba, irónico: que para estafar a los incautos italianos va a inscribirse a un gimnasio para levantar pesas gratis.

Sin embargo, decidí llevar adelante el jueguito. Y al día siguiente volví con los documentos que me pedían. Que demostraban, que sin ser un millonario, yo estaba en condiciones holgadas para permitirme un gimnasio como este. Pensé que podría ser una carta para hacerlos a ellos darse cuenta del error de sus prejuicios.

Sin embargo no fue así. Días después me llamó la niña sin nombre, para decirme que los datos de mi banco no resultaban correctos (los imprimí directamente del computador, por lo que no había ninguna posibilidad de error), que no funcionaba la autorización del pago automático. Todo dicho mecánicamente, y con una velocidad de guión memorizado. Y remató diciendo que había hablado nuevamente Alessandro, y que lamentablemente no pueden aceptar el pasaporte como documento de identificación. Por qué? nunca me lo dijo.

Yo monté en cólera, y le dije lo que pensaba, o casi todo. Le dije que yo había estado en muchos gimnasios en el mundo, y que nunca había sido tratado así, que no podía ser que no supieran que los diplomáticos no tienen permiso de residencia, sobre todo en un área como Parioli, exclusivo barrio de Roma donde cada dos casas hay una Embajada.

Ella escuchó todo en silencio, y creí percibir algo de aburrimiento al otro lado de la linea. Al final me dijo algo mínimamente educado, como que no hay nada que yo pueda hacer, son indicaciones que me llegan desde "arriba", lo lamento mucho, etc.

Increible pero cierto.

Por cierto dos semanas después yo ya estaba inscrito en otro gimnasio, tan bueno como el otro, en la misma zona, donde me demoré una hora en tener una credencial, y de no ser porque estaba vestido de trabajo, habría empezado a levantar pesas de inmediato.

Debe haber alguna ley que explique entonces cómo el daño que hacen unos pocos afecta a una población entera. Entre los que deben sufrir la ignorancia de estas niñas sin nombre, de los Alessandro con vocación de capo fascista que hacen que luego personas como yo terminen con este filón de odio, y que controlamos por medio de darnos explicaciones, razonamientos optimistas, de que no todos son así, que de hecho la mayoría de los italianos no son así, todos motivos que nos sirven para no mandar al carajo a los que nos hacen pasar estos malos ratos, todas razones que sostenemos y que esperamos que sean ciertas.