Confieso que mi motivación para escribir sobre este tema no viene directamente de mi experiencia con los libros electrónicos sino con la música en formato digital.
Ténganme paciencia, muchachos y muchachas menores de 25 años. Ustedes no conocieron el mundo de los discos de vinilo, de los cassettes, de los especiales de la radio, que mi generación esperaba con ansias y grababa soltando el pulsante "PAUSE" para que la cinta empezara a girar y a registrar la ansiada música, con una luz roja bajo tres letras que llenaba mi corazón de gozo: "REC".
Amigos veinteañeros, en esa época la música no era la sonoridad ubicua que es hoy. Dejando de lado los éxitos del momento que sonaban con insistencia en la radio, la música que a uno le gustaba había que ganársela con el sudor de la frente, tenerla cerca como un amuleto. Es difícil imaginar hoy un mundo sin internet, fuente inagotable de toda música. Pero hace veinte años nadie usaba esa palabra porque internet simplemente no existía como medio masivo de comunicación. Y la música había que escucharla sentado en un sillón o en un walkman (donde había que introducir un cassette de 60 minutos de duración).
Las personas se reunían a escuchar música. El concepto de album, como un grupo de canciones unidas por un concepto común, era el estado natural de las canciones, que sueltas eran parte de un "compilado", una "selección".
En resumen, la música se escuchaba más atentamente, no porque las personas fueran mejores o más profundas, sino simplemente porque los medios para escucharla no dejaban más opción. No había ningún botón para apretar "next" para mágicamente pasarse a la siguiente. Eso es una invención del CD, masificado a mediados de la década de los 90, y que hoy la música digital llevó a un nivel de inmediatez difícil de superar.
Como sé que estoy haciendo el discurso del viejo retrógrado, apretemos FF (fast forward) y adelantemos el cassette del tiempo hasta hoy.
Hoy yo tengo más de tres mil canciones en mi iPod. Difícilmente voy a escuchar un disco entero, sino más bien canciones aisladas. Elijo la función "random" y salto de un estilo a otro, de una época a otra, de un registro suave e íntimo al rocanroleo.
Esto ha tenido un efecto devastador en mi habilidad para distinguir una cosa de otra. En mi cabeza bombardeada día y noche de información y de sonidos de todo tipo, hay algo que se rompió y que me impide apreciar como antes los matices de las canciones, he perdido la capacidad de maravillarme por canciones o por segmentos de canciones, que antes me parecían misteriosas, o que me inspiraban paisajes de colores con un par de acordes bien tocados. Ahora creo que todo es plano, no puede ser que 3000 canciones dignas de ser escuchadas quepan de pronto en una especie de cigarrera negra, qeu no se abre por ninguna parte y cuya ausencia de botones me habría desconcertado completamente si hubiera viajado en el tiempo desde los años 80 hasta hoy.
Un día hace algunos meses conecté mi iPod a mi computador y en uno de los upgrades que Apple hace de iTunes, me borró cerca de 1500 canciones que de alguna forma tenían procedencia pirata. Honestamente, fue como un acto liberador. La oportunidad de volver a sentir la ausencia de una música que me llama como un canto de sirena, que mi oido aprecia en el recuerdo y que disfruta en sus vibraciones mágicas. Pienso en cómo me habría sentido en una situación equivalente en la época del disco-cassette, si de pronto descubro que me faltan el equivalente de 60 cassettes, o discos (un promedio de 25 canciones por disco). Hubiese sido una catástrofe, una pérdida epocal e irreparable, una historia para contar a los amigos y a los nietos. En fin, algo bueno que tenga el mal contemporáneo de la inmediatez brutal de la música.
Por supuesto que ustedes jóvenes menores de 25 años no comparten esta angustia, no han conocido otra realidad. O tal vez sí, tal vez tienen la misma sensación, pero a un nivel intuitivo, la añoranza de algo que no se ha conocido, cosa que es aún peor, supongo, a lo que yo he vivido y que trato de describir.
Pero yo quería hablar de los libros, que de pronto corren el riesgo de convertirse en algo sempiterno y omnipresente y por lo mismo transparente y soso como comida de hospital. O es algo entregado a nuestra responsabilidad como lectores, como auditores? Nos está poniendo a prueba la tecnología, tentándonos con una inmediatez que todo lo corrompe? Será mi tema para la tercera parte de este tema. En el siguiente post.
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