venerdì 14 settembre 2012

El valor sentimental de los libros (tercera parte)

Tercera y última parte...

Yo siempre estoy leyendo más de un libro a la vez. Es un residuo de mi personalidad dispersa que con los años he logrado dominar parcialmente. Para mi esta dispersión es un comportamiento natural, una expresión de libertad. Dañina como palomas en el entretecho, pero al final una práctica dulce e ingenuamente rebelde.

Comprendo a los que son más disciplinados y prefieren no levantar los ojos del libro que están leyendo hasta empezar otro, pero esa es una elección personal que yo prefiero evitar. Para mi, un lector promiscuo es un lector feliz.

Las páginas se abren y se muestran dispuestas, las muevo y las rayo, se ponen amarillas con el tiempo y los diseños de sus portadas hablan del gusto estético de una época. Los libros caen en desuso, se regalan, los amantes se los dedican y se atesoran. Los estudiantes los sufren o bien caen en sus redes para siempre.

Los libros se rompen, se gastan, se manchan, se doblan, se guardan, se usan y se ignoran, se miran, se prestan, se roban y se tiran a la basura. Se asolean y se degradan, se secan y se descuadran, se llevan al baño y al mar, se pierden y algunos juegan a liberarlos en plazas y en el metro. Los libros se apilan, se ordenan, se anillan, se empastan, se compran y se venden, se muestran y se utilizan como arma de cortejo. Los libros se escriben y se leen. A veces en voz alta.

Los libros de papel son un reflejo de lo que hemos sido estos últimos siglos, son como gatos que nos han mirado siempre desde un rincón de nuestras habitaciones, únicos, orgullosos entre sus tapas duras o blandas, encerrando una única historia, sosteniendo una única personalidad, que no pueden cambiar. A menos que atraviesen la rara y dolorosa posibilidad de la reencarnación a través del reciclaje.

Hasta ahora creo que hemos sido personas más lentas y más reposadas, sin apuro. Sin la necesidad del vértigo que está implícito en un iPod con 3000 canciones. Es que hemos asumido que estar apurados es nuestro estado natural? No voy a caer aquí en el lugar común de decir que hemos olvidado un pasado virtuoso donde no padecíamos el frenesí-de-la-vida-contemporanea.

Porque lo que creo que sí hemos dejado atrás es la apreciación de las realidades particulares, y hemos caido como borregos en el mundo uniforme y ubicuo de la inmediatez. El-mundo-al-alcance-de-la-mano, dicen algunos. Tres mil canciones en tu bolsillo y una biblioteca en tu maletín. Estamos hechos para esto? alguien nos programó para que esta sea la medida de nuestra inteligencia, de nuestra habilidad de inteligir?

Yo creo que no. Y ahí reside mi angustia de pensar que la inmediatez de los libros, de muchos de ellos a la vez, puede terminar destruyéndolos como elemento de nuestra realidad cotidiana. Yo pienso que avanzamos rápidamente hacia un mundo en el que el formato que todos van a preferir es el texto de no más de diez páginas. Es el campo de batalla de Twitter, de Facebook (el primero mucho más dinámico y profundo que el segundo, lo que sería un buen tema para otro post) y de los blogs como éste que tú estás leyendo.

No sé si esto es algo bueno. O algo pésimo. Por qué querría yo tener 50 o más libros en un solo tablet, como si los estuviera leyendo todos a la vez, como si fuera el perro cerbero, que en vez de tres cabezas, tuviera cincuenta cabezas, con cien ojos puestos en cincuenta archivos digitales, leyendo Moby Dick, la última de Ken Follet, la novela de Bolaño, la historia del Imperio Romano y otros diez títulos, todo a la vez.

Lo peor de todo es que yo sé que yo también tendré tarde o temprano un e-reader. No podré sustraerme a ese medio, porque seguramente dentro de poco será más fácil (y más barato) comprar libros electrónicos que libros en papel. Parte de mi ya quiere que esto ocurra, parte de mi se resiste. Me queda sólo la convicción de que el formato electrónico es como una pistola, un arma que hay que usar con responsabilidad y con disciplina.

Termino este post volviendo a mi relación primigenia con los libros de papel. En mis años de universidad, había libros que por ser muy específicos o técnicos no se encontraban en librerías, sino sólo en bibliotecas de facultades especializadas. Uno de estos libros era el objeto de una prueba que teníamos que dar mis amigos y yo, y por mil razones de carga académica, no habíamos podido siquiera abrir para leer el índice. El libro era grueso, más de cuatrocientas páginas con información densa y detallada, el fruto de un trabajo de años de un autor preciso y científicamente impecable. La prueba era dos días después. Con mis amigos convinimos en que era imposible leer todo el libro para la prueba, no había tiempo. Además, había sólo un libro en la biblioteca. Y lo teníamos nosotros. No había posibilidad de sacar fotocopias, porque esto también tomaba tiempo.

Éramos cuatro los que estábamos en este aprieto. Estábamos sentados en un banco del patio de la universidad, mirábamos el grueso volumen pensando cómo repartirnos la tarea. "Yo puedo llevarmelo ahora y te lo voy a dejar a medianoche", dijo uno. El otro le respondió, algo enojado: "y tú quieres que yo estudie toda la noche? por qué no lo hacemos al revés?". Yo agregué: "de todas maneras tenemos que repartirnos la tarea y tener tiempo antes de la prueba para compartir los apuntes... eso deja como tiempo para preparar los resúmenes sólo las próximas veinte horas".

El cuarto, que estaba sentado en el banco hojeando el libro, de pronto lo levantó, lo abrió aproximadamente a la mitad de las páginas, haciendo crujir la empastadura, lo suspendió en el aire aferrándolo con las dos manos como quien muestra una bandera, y lo partió por la mitad, rajando irreparablemente el lomo del libro, que se abrió limpiamente quedando de pronto convertido en una serie de dos volúmenes. Luego, ante la mirada atónita de todos, repitió la operación con los dos fajos restantes que transformó en cuatro.

"Uno para cada uno", dijo. "Nos vemos aquí mismo mañana en la mañana para revisar nuestras notas. Estudiamos juntos toda la mañana y en la tarde lo llevo a re-empastar. Yo tengo un amigo que lo hace aquí cerca". Todos nos miramos y asentimos. Era la solución más fácil, y de alguna manera nos hizo sentirmos más comprometidos con el trabajo para la prueba. Habíamos sacrificado el libro, como un cordero a una divinidad pagana. En una mezcla de horror, compasión y compromiso místico, nos separamos cada uno a cumplir con su tarea.

Dejé a mi amigo que había separado el libro en el paradero de buses. Antes de separarnos, me dijo: "tienes suerte. A ti te tocó el prefacio y la introducción. Me debes una". Luego levantó el brazo, se subió al bus y desapareció en el atardecer.

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