mercoledì 29 agosto 2012

El valor sentimental de los libros (primera parte)

Me acuerdo como si fuera ayer cuando un buen amigo mío, dado a las grandes ideas y al futurismo, me decía que en un mañana no muy lejano tendríamos libros que conectaríamos con un cable a un terminal de información y que se actualizaría sólo, como un almanaque eterno, que no es necesario botar nunca, sino sólo enchufar a una red misteriosa y sabionda.

Lo que entonces parecía ciencia ficción hoy suena a museo de ideas fallidas sobre un futuro que nunca existió. Hoy me parecería una idea ridícula conectar un libro para que sus páginas cambien mágicamente y las letras se reordenen como una imprenta digital para contar una historia distinta, o para hablar de otro país, de otra cimá más alta, de otro río más largo.

Con la llegada de los e-books todo cambia, incluyendo las imágenes de ciencia ficción. Porque ya no hay que imaginarlas, basta comprarlas por internet a en amazon.com o en cualquier otro sitio de libros electrónicos.

Tal vez yo prefería que todo quedara en el terreno de la ciencia ficción. Cuando me contaban cosas como las que escuché de mi amigo sobre el libro auto-actualizable, yo me maravillaba y hasta me entusiasmaba pensar en un futuro lejano y exótico, donde nuestras vidas cambiarían de forma radical.

Pero luego cuando llegaba a mi casa volvía a abrir con un placer antiguo y profundo las páginas de celulosa, que acumulan polvo, que huelen a piel asoleada y que buscan el roce con mis dedos, que se doblan y se dejan rayar, que se manchan con café y que exiben para siempre esos dobleces y arrugas, pruebas de que alguna vez fueron amados, que alguna vez fueron escrutados hasta el cansancio por ojos ansiosos, como quien desnuda a una amante, para consumar un final que sólo llega para asombrar, para comprobar la anticipación, para desilusionar, un recuerdo que queda atrapado entre esas páginas para siempre, como el diario de una navegación feliz o desdichada.

Por eso yo entiendo las resistencias a los libros electrónicos de quienes dicen, sin pretensiones, que aman los libros de papel. De quienes esperan algún día construir una biblioteca que pueda estar siempre mostrando sus lomos de colores, como un gran álbum de recuerdos, como una foto familiar de momentos íntimos gozados al son de la página que gira.

Leí en el diario hace unos días de alguien que argumentaba, no sin algo de razón, que los libros no son importantes como objetos, que perfectamente se puede vivir sin ellos, que son las ideas y las historias contenidas en ellos las que realmente valen. Y que por este motivo no es tan importante cómo lleguen a nosotros, o dónde estén contenidas.

Esto es cierto pero sólo hasta un cierto punto. Comprendo a quienes regalan cajas de libros que ya han leido y que saben que no volverán a leer. Aunque hayan pasado momentos inolvidables durante la lectura. Pero esto es desconocer algo fundamental acerca de nosotros seres humanos: que nos apegamos a las cosas con amor y no sabemos (o nos resistimos a) separar los momentos en que somos felices de los objetos que nos acompañaron en esos momentos. De nuestra primera bicicleta. De la camisa que traiamos puesta cuando conocimos a nuestra pareja. De la mascarilla que me puse para entrar al quirófano para asistir al nacimiento de mi hija.

Admitámoslo. El valor sentimental de las cosas existe y es algo natural en todos nosotros. No es indispensable. Pero sin duda nos hace más (y mejores) personas.

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