Tercera y última parte...
Yo siempre estoy leyendo más de un libro a la vez. Es un residuo de mi personalidad dispersa que con los años he logrado dominar parcialmente. Para mi esta dispersión es un comportamiento natural, una expresión de libertad. Dañina como palomas en el entretecho, pero al final una práctica dulce e ingenuamente rebelde.
Comprendo a los que son más disciplinados y prefieren no levantar los ojos del libro que están leyendo hasta empezar otro, pero esa es una elección personal que yo prefiero evitar. Para mi, un lector promiscuo es un lector feliz.
Las páginas se abren y se muestran dispuestas, las muevo y las rayo, se ponen amarillas con el tiempo y los diseños de sus portadas hablan del gusto estético de una época. Los libros caen en desuso, se regalan, los amantes se los dedican y se atesoran. Los estudiantes los sufren o bien caen en sus redes para siempre.
Los libros se rompen, se gastan, se manchan, se doblan, se guardan, se usan y se ignoran, se miran, se prestan, se roban y se tiran a la basura. Se asolean y se degradan, se secan y se descuadran, se llevan al baño y al mar, se pierden y algunos juegan a liberarlos en plazas y en el metro. Los libros se apilan, se ordenan, se anillan, se empastan, se compran y se venden, se muestran y se utilizan como arma de cortejo. Los libros se escriben y se leen. A veces en voz alta.
Los libros de papel son un reflejo de lo que hemos sido estos últimos siglos, son como gatos que nos han mirado siempre desde un rincón de nuestras habitaciones, únicos, orgullosos entre sus tapas duras o blandas, encerrando una única historia, sosteniendo una única personalidad, que no pueden cambiar. A menos que atraviesen la rara y dolorosa posibilidad de la reencarnación a través del reciclaje.
Hasta ahora creo que hemos sido personas más lentas y más reposadas, sin apuro. Sin la necesidad del vértigo que está implícito en un iPod con 3000 canciones. Es que hemos asumido que estar apurados es nuestro estado natural? No voy a caer aquí en el lugar común de decir que hemos olvidado un pasado virtuoso donde no padecíamos el frenesí-de-la-vida-contemporanea.
Porque lo que creo que sí hemos dejado atrás es la apreciación de las realidades particulares, y hemos caido como borregos en el mundo uniforme y ubicuo de la inmediatez. El-mundo-al-alcance-de-la-mano, dicen algunos. Tres mil canciones en tu bolsillo y una biblioteca en tu maletín. Estamos hechos para esto? alguien nos programó para que esta sea la medida de nuestra inteligencia, de nuestra habilidad de inteligir?
Yo creo que no. Y ahí reside mi angustia de pensar que la inmediatez de los libros, de muchos de ellos a la vez, puede terminar destruyéndolos como elemento de nuestra realidad cotidiana. Yo pienso que avanzamos rápidamente hacia un mundo en el que el formato que todos van a preferir es el texto de no más de diez páginas. Es el campo de batalla de Twitter, de Facebook (el primero mucho más dinámico y profundo que el segundo, lo que sería un buen tema para otro post) y de los blogs como éste que tú estás leyendo.
No sé si esto es algo bueno. O algo pésimo. Por qué querría yo tener 50 o más libros en un solo tablet, como si los estuviera leyendo todos a la vez, como si fuera el perro cerbero, que en vez de tres cabezas, tuviera cincuenta cabezas, con cien ojos puestos en cincuenta archivos digitales, leyendo Moby Dick, la última de Ken Follet, la novela de Bolaño, la historia del Imperio Romano y otros diez títulos, todo a la vez.
Lo peor de todo es que yo sé que yo también tendré tarde o temprano un e-reader. No podré sustraerme a ese medio, porque seguramente dentro de poco será más fácil (y más barato) comprar libros electrónicos que libros en papel. Parte de mi ya quiere que esto ocurra, parte de mi se resiste. Me queda sólo la convicción de que el formato electrónico es como una pistola, un arma que hay que usar con responsabilidad y con disciplina.
Termino este post volviendo a mi relación primigenia con los libros de papel. En mis años de universidad, había libros que por ser muy específicos o técnicos no se encontraban en librerías, sino sólo en bibliotecas de facultades especializadas. Uno de estos libros era el objeto de una prueba que teníamos que dar mis amigos y yo, y por mil razones de carga académica, no habíamos podido siquiera abrir para leer el índice. El libro era grueso, más de cuatrocientas páginas con información densa y detallada, el fruto de un trabajo de años de un autor preciso y científicamente impecable. La prueba era dos días después. Con mis amigos convinimos en que era imposible leer todo el libro para la prueba, no había tiempo. Además, había sólo un libro en la biblioteca. Y lo teníamos nosotros. No había posibilidad de sacar fotocopias, porque esto también tomaba tiempo.
Éramos cuatro los que estábamos en este aprieto. Estábamos sentados en un banco del patio de la universidad, mirábamos el grueso volumen pensando cómo repartirnos la tarea. "Yo puedo llevarmelo ahora y te lo voy a dejar a medianoche", dijo uno. El otro le respondió, algo enojado: "y tú quieres que yo estudie toda la noche? por qué no lo hacemos al revés?". Yo agregué: "de todas maneras tenemos que repartirnos la tarea y tener tiempo antes de la prueba para compartir los apuntes... eso deja como tiempo para preparar los resúmenes sólo las próximas veinte horas".
El cuarto, que estaba sentado en el banco hojeando el libro, de pronto lo levantó, lo abrió aproximadamente a la mitad de las páginas, haciendo crujir la empastadura, lo suspendió en el aire aferrándolo con las dos manos como quien muestra una bandera, y lo partió por la mitad, rajando irreparablemente el lomo del libro, que se abrió limpiamente quedando de pronto convertido en una serie de dos volúmenes. Luego, ante la mirada atónita de todos, repitió la operación con los dos fajos restantes que transformó en cuatro.
"Uno para cada uno", dijo. "Nos vemos aquí mismo mañana en la mañana para revisar nuestras notas. Estudiamos juntos toda la mañana y en la tarde lo llevo a re-empastar. Yo tengo un amigo que lo hace aquí cerca". Todos nos miramos y asentimos. Era la solución más fácil, y de alguna manera nos hizo sentirmos más comprometidos con el trabajo para la prueba. Habíamos sacrificado el libro, como un cordero a una divinidad pagana. En una mezcla de horror, compasión y compromiso místico, nos separamos cada uno a cumplir con su tarea.
Dejé a mi amigo que había separado el libro en el paradero de buses. Antes de separarnos, me dijo: "tienes suerte. A ti te tocó el prefacio y la introducción. Me debes una". Luego levantó el brazo, se subió al bus y desapareció en el atardecer.
Cosas que vale la pena recordar de la tormenta de información en la que estamos sumidos
venerdì 14 settembre 2012
mercoledì 5 settembre 2012
El valor sentimental de los libros (segunda parte)
Confieso que mi motivación para escribir sobre este tema no viene directamente de mi experiencia con los libros electrónicos sino con la música en formato digital.
Ténganme paciencia, muchachos y muchachas menores de 25 años. Ustedes no conocieron el mundo de los discos de vinilo, de los cassettes, de los especiales de la radio, que mi generación esperaba con ansias y grababa soltando el pulsante "PAUSE" para que la cinta empezara a girar y a registrar la ansiada música, con una luz roja bajo tres letras que llenaba mi corazón de gozo: "REC".
Amigos veinteañeros, en esa época la música no era la sonoridad ubicua que es hoy. Dejando de lado los éxitos del momento que sonaban con insistencia en la radio, la música que a uno le gustaba había que ganársela con el sudor de la frente, tenerla cerca como un amuleto. Es difícil imaginar hoy un mundo sin internet, fuente inagotable de toda música. Pero hace veinte años nadie usaba esa palabra porque internet simplemente no existía como medio masivo de comunicación. Y la música había que escucharla sentado en un sillón o en un walkman (donde había que introducir un cassette de 60 minutos de duración).
Las personas se reunían a escuchar música. El concepto de album, como un grupo de canciones unidas por un concepto común, era el estado natural de las canciones, que sueltas eran parte de un "compilado", una "selección".
En resumen, la música se escuchaba más atentamente, no porque las personas fueran mejores o más profundas, sino simplemente porque los medios para escucharla no dejaban más opción. No había ningún botón para apretar "next" para mágicamente pasarse a la siguiente. Eso es una invención del CD, masificado a mediados de la década de los 90, y que hoy la música digital llevó a un nivel de inmediatez difícil de superar.
Como sé que estoy haciendo el discurso del viejo retrógrado, apretemos FF (fast forward) y adelantemos el cassette del tiempo hasta hoy.
Hoy yo tengo más de tres mil canciones en mi iPod. Difícilmente voy a escuchar un disco entero, sino más bien canciones aisladas. Elijo la función "random" y salto de un estilo a otro, de una época a otra, de un registro suave e íntimo al rocanroleo.
Esto ha tenido un efecto devastador en mi habilidad para distinguir una cosa de otra. En mi cabeza bombardeada día y noche de información y de sonidos de todo tipo, hay algo que se rompió y que me impide apreciar como antes los matices de las canciones, he perdido la capacidad de maravillarme por canciones o por segmentos de canciones, que antes me parecían misteriosas, o que me inspiraban paisajes de colores con un par de acordes bien tocados. Ahora creo que todo es plano, no puede ser que 3000 canciones dignas de ser escuchadas quepan de pronto en una especie de cigarrera negra, qeu no se abre por ninguna parte y cuya ausencia de botones me habría desconcertado completamente si hubiera viajado en el tiempo desde los años 80 hasta hoy.
Un día hace algunos meses conecté mi iPod a mi computador y en uno de los upgrades que Apple hace de iTunes, me borró cerca de 1500 canciones que de alguna forma tenían procedencia pirata. Honestamente, fue como un acto liberador. La oportunidad de volver a sentir la ausencia de una música que me llama como un canto de sirena, que mi oido aprecia en el recuerdo y que disfruta en sus vibraciones mágicas. Pienso en cómo me habría sentido en una situación equivalente en la época del disco-cassette, si de pronto descubro que me faltan el equivalente de 60 cassettes, o discos (un promedio de 25 canciones por disco). Hubiese sido una catástrofe, una pérdida epocal e irreparable, una historia para contar a los amigos y a los nietos. En fin, algo bueno que tenga el mal contemporáneo de la inmediatez brutal de la música.
Por supuesto que ustedes jóvenes menores de 25 años no comparten esta angustia, no han conocido otra realidad. O tal vez sí, tal vez tienen la misma sensación, pero a un nivel intuitivo, la añoranza de algo que no se ha conocido, cosa que es aún peor, supongo, a lo que yo he vivido y que trato de describir.
Pero yo quería hablar de los libros, que de pronto corren el riesgo de convertirse en algo sempiterno y omnipresente y por lo mismo transparente y soso como comida de hospital. O es algo entregado a nuestra responsabilidad como lectores, como auditores? Nos está poniendo a prueba la tecnología, tentándonos con una inmediatez que todo lo corrompe? Será mi tema para la tercera parte de este tema. En el siguiente post.
Ténganme paciencia, muchachos y muchachas menores de 25 años. Ustedes no conocieron el mundo de los discos de vinilo, de los cassettes, de los especiales de la radio, que mi generación esperaba con ansias y grababa soltando el pulsante "PAUSE" para que la cinta empezara a girar y a registrar la ansiada música, con una luz roja bajo tres letras que llenaba mi corazón de gozo: "REC".
Amigos veinteañeros, en esa época la música no era la sonoridad ubicua que es hoy. Dejando de lado los éxitos del momento que sonaban con insistencia en la radio, la música que a uno le gustaba había que ganársela con el sudor de la frente, tenerla cerca como un amuleto. Es difícil imaginar hoy un mundo sin internet, fuente inagotable de toda música. Pero hace veinte años nadie usaba esa palabra porque internet simplemente no existía como medio masivo de comunicación. Y la música había que escucharla sentado en un sillón o en un walkman (donde había que introducir un cassette de 60 minutos de duración).
Las personas se reunían a escuchar música. El concepto de album, como un grupo de canciones unidas por un concepto común, era el estado natural de las canciones, que sueltas eran parte de un "compilado", una "selección".
En resumen, la música se escuchaba más atentamente, no porque las personas fueran mejores o más profundas, sino simplemente porque los medios para escucharla no dejaban más opción. No había ningún botón para apretar "next" para mágicamente pasarse a la siguiente. Eso es una invención del CD, masificado a mediados de la década de los 90, y que hoy la música digital llevó a un nivel de inmediatez difícil de superar.
Como sé que estoy haciendo el discurso del viejo retrógrado, apretemos FF (fast forward) y adelantemos el cassette del tiempo hasta hoy.
Hoy yo tengo más de tres mil canciones en mi iPod. Difícilmente voy a escuchar un disco entero, sino más bien canciones aisladas. Elijo la función "random" y salto de un estilo a otro, de una época a otra, de un registro suave e íntimo al rocanroleo.
Esto ha tenido un efecto devastador en mi habilidad para distinguir una cosa de otra. En mi cabeza bombardeada día y noche de información y de sonidos de todo tipo, hay algo que se rompió y que me impide apreciar como antes los matices de las canciones, he perdido la capacidad de maravillarme por canciones o por segmentos de canciones, que antes me parecían misteriosas, o que me inspiraban paisajes de colores con un par de acordes bien tocados. Ahora creo que todo es plano, no puede ser que 3000 canciones dignas de ser escuchadas quepan de pronto en una especie de cigarrera negra, qeu no se abre por ninguna parte y cuya ausencia de botones me habría desconcertado completamente si hubiera viajado en el tiempo desde los años 80 hasta hoy.
Un día hace algunos meses conecté mi iPod a mi computador y en uno de los upgrades que Apple hace de iTunes, me borró cerca de 1500 canciones que de alguna forma tenían procedencia pirata. Honestamente, fue como un acto liberador. La oportunidad de volver a sentir la ausencia de una música que me llama como un canto de sirena, que mi oido aprecia en el recuerdo y que disfruta en sus vibraciones mágicas. Pienso en cómo me habría sentido en una situación equivalente en la época del disco-cassette, si de pronto descubro que me faltan el equivalente de 60 cassettes, o discos (un promedio de 25 canciones por disco). Hubiese sido una catástrofe, una pérdida epocal e irreparable, una historia para contar a los amigos y a los nietos. En fin, algo bueno que tenga el mal contemporáneo de la inmediatez brutal de la música.
Por supuesto que ustedes jóvenes menores de 25 años no comparten esta angustia, no han conocido otra realidad. O tal vez sí, tal vez tienen la misma sensación, pero a un nivel intuitivo, la añoranza de algo que no se ha conocido, cosa que es aún peor, supongo, a lo que yo he vivido y que trato de describir.
Pero yo quería hablar de los libros, que de pronto corren el riesgo de convertirse en algo sempiterno y omnipresente y por lo mismo transparente y soso como comida de hospital. O es algo entregado a nuestra responsabilidad como lectores, como auditores? Nos está poniendo a prueba la tecnología, tentándonos con una inmediatez que todo lo corrompe? Será mi tema para la tercera parte de este tema. En el siguiente post.
mercoledì 29 agosto 2012
El valor sentimental de los libros (primera parte)
Me acuerdo como si fuera ayer cuando un buen amigo mío, dado a las grandes ideas y al futurismo, me decía que en un mañana no muy lejano tendríamos libros que conectaríamos con un cable a un terminal de información y que se actualizaría sólo, como un almanaque eterno, que no es necesario botar nunca, sino sólo enchufar a una red misteriosa y sabionda.
Lo que entonces parecía ciencia ficción hoy suena a museo de ideas fallidas sobre un futuro que nunca existió. Hoy me parecería una idea ridícula conectar un libro para que sus páginas cambien mágicamente y las letras se reordenen como una imprenta digital para contar una historia distinta, o para hablar de otro país, de otra cimá más alta, de otro río más largo.
Con la llegada de los e-books todo cambia, incluyendo las imágenes de ciencia ficción. Porque ya no hay que imaginarlas, basta comprarlas por internet a en amazon.com o en cualquier otro sitio de libros electrónicos.
Tal vez yo prefería que todo quedara en el terreno de la ciencia ficción. Cuando me contaban cosas como las que escuché de mi amigo sobre el libro auto-actualizable, yo me maravillaba y hasta me entusiasmaba pensar en un futuro lejano y exótico, donde nuestras vidas cambiarían de forma radical.
Pero luego cuando llegaba a mi casa volvía a abrir con un placer antiguo y profundo las páginas de celulosa, que acumulan polvo, que huelen a piel asoleada y que buscan el roce con mis dedos, que se doblan y se dejan rayar, que se manchan con café y que exiben para siempre esos dobleces y arrugas, pruebas de que alguna vez fueron amados, que alguna vez fueron escrutados hasta el cansancio por ojos ansiosos, como quien desnuda a una amante, para consumar un final que sólo llega para asombrar, para comprobar la anticipación, para desilusionar, un recuerdo que queda atrapado entre esas páginas para siempre, como el diario de una navegación feliz o desdichada.
Por eso yo entiendo las resistencias a los libros electrónicos de quienes dicen, sin pretensiones, que aman los libros de papel. De quienes esperan algún día construir una biblioteca que pueda estar siempre mostrando sus lomos de colores, como un gran álbum de recuerdos, como una foto familiar de momentos íntimos gozados al son de la página que gira.
Leí en el diario hace unos días de alguien que argumentaba, no sin algo de razón, que los libros no son importantes como objetos, que perfectamente se puede vivir sin ellos, que son las ideas y las historias contenidas en ellos las que realmente valen. Y que por este motivo no es tan importante cómo lleguen a nosotros, o dónde estén contenidas.
Esto es cierto pero sólo hasta un cierto punto. Comprendo a quienes regalan cajas de libros que ya han leido y que saben que no volverán a leer. Aunque hayan pasado momentos inolvidables durante la lectura. Pero esto es desconocer algo fundamental acerca de nosotros seres humanos: que nos apegamos a las cosas con amor y no sabemos (o nos resistimos a) separar los momentos en que somos felices de los objetos que nos acompañaron en esos momentos. De nuestra primera bicicleta. De la camisa que traiamos puesta cuando conocimos a nuestra pareja. De la mascarilla que me puse para entrar al quirófano para asistir al nacimiento de mi hija.
Admitámoslo. El valor sentimental de las cosas existe y es algo natural en todos nosotros. No es indispensable. Pero sin duda nos hace más (y mejores) personas.
Lo que entonces parecía ciencia ficción hoy suena a museo de ideas fallidas sobre un futuro que nunca existió. Hoy me parecería una idea ridícula conectar un libro para que sus páginas cambien mágicamente y las letras se reordenen como una imprenta digital para contar una historia distinta, o para hablar de otro país, de otra cimá más alta, de otro río más largo.
Con la llegada de los e-books todo cambia, incluyendo las imágenes de ciencia ficción. Porque ya no hay que imaginarlas, basta comprarlas por internet a en amazon.com o en cualquier otro sitio de libros electrónicos.
Tal vez yo prefería que todo quedara en el terreno de la ciencia ficción. Cuando me contaban cosas como las que escuché de mi amigo sobre el libro auto-actualizable, yo me maravillaba y hasta me entusiasmaba pensar en un futuro lejano y exótico, donde nuestras vidas cambiarían de forma radical.
Pero luego cuando llegaba a mi casa volvía a abrir con un placer antiguo y profundo las páginas de celulosa, que acumulan polvo, que huelen a piel asoleada y que buscan el roce con mis dedos, que se doblan y se dejan rayar, que se manchan con café y que exiben para siempre esos dobleces y arrugas, pruebas de que alguna vez fueron amados, que alguna vez fueron escrutados hasta el cansancio por ojos ansiosos, como quien desnuda a una amante, para consumar un final que sólo llega para asombrar, para comprobar la anticipación, para desilusionar, un recuerdo que queda atrapado entre esas páginas para siempre, como el diario de una navegación feliz o desdichada.
Por eso yo entiendo las resistencias a los libros electrónicos de quienes dicen, sin pretensiones, que aman los libros de papel. De quienes esperan algún día construir una biblioteca que pueda estar siempre mostrando sus lomos de colores, como un gran álbum de recuerdos, como una foto familiar de momentos íntimos gozados al son de la página que gira.
Leí en el diario hace unos días de alguien que argumentaba, no sin algo de razón, que los libros no son importantes como objetos, que perfectamente se puede vivir sin ellos, que son las ideas y las historias contenidas en ellos las que realmente valen. Y que por este motivo no es tan importante cómo lleguen a nosotros, o dónde estén contenidas.
Esto es cierto pero sólo hasta un cierto punto. Comprendo a quienes regalan cajas de libros que ya han leido y que saben que no volverán a leer. Aunque hayan pasado momentos inolvidables durante la lectura. Pero esto es desconocer algo fundamental acerca de nosotros seres humanos: que nos apegamos a las cosas con amor y no sabemos (o nos resistimos a) separar los momentos en que somos felices de los objetos que nos acompañaron en esos momentos. De nuestra primera bicicleta. De la camisa que traiamos puesta cuando conocimos a nuestra pareja. De la mascarilla que me puse para entrar al quirófano para asistir al nacimiento de mi hija.
Admitámoslo. El valor sentimental de las cosas existe y es algo natural en todos nosotros. No es indispensable. Pero sin duda nos hace más (y mejores) personas.
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