sabato 12 novembre 2011

El cavaliere y sus entrañas.

Yo no odio a Berlusconi. En estos momentos de triste decadencia, de oscuro abandono y de repudio general, me pregunto si él sentirá lo que yo percibo que debe estar pasando, es decir, la sensación de estar al borde del precipicio de un drama postergado toda la vida, de un mirarse al espejo y sacarse la careta de ganador, de conquistador y de bufón cada día más patético. Un payaso arrogante que gobierna un país que él alguna vez quiso convertir en el barco donde quemar su cadáver.
Un pecado prometeico. Los países y las sociedades son tan inconmensurablemente superiores a todos nosotros, las corrientes sociales, los impulsos que llevan en aparente azar a la derecha y a la izquierda a los gobiernos de los países, jugaron con este hombrecito del norte de Italia por 17 años. Berlusconi pensaba que era al revés, que él podría manejar y controla un país de 60 millones de personas. Una arrogancia que podrá costarle cara. O no tanto. Un hipotético retiro en una de sus propiedades en las Antillas no sería un final precisamente dolorante. Sin embargo, las masas de personas que hoy se reunen en la plaza frente al Palazzo del Quirinale le devoran las entrañas, y lo continuarán haciendo por muchos años, en el recuerdo de libros, revistas, televiones (el medio de masas que él idolatró como herramienta de poder, que bella ironía del destino), el internet, que en un futuro que ahora parece infinito, si es que el infinito existe, si lo podemos imaginar en nuestra pequeñez.
Ahora, el silencio, el leve murmullo de Italia que reconstruye un nombre, que se libra del circo de la Segunda República fundada y corrompida por la misma persona. Y en el silencio, el ruido de la multitud, mientras devora las entrañas de Berlusca, del Cavaliere, del payaso arrogante que quiso quemar el cielo.